EDITORIAL: Salamandra
PUBLICACIÓN: 05/03/2026
Las
sagas no siempre acaban con la misma ilusión que se empezaron. De todas las que
he leído me quedo con dos: Los años gloriosos,
esta que he terminado, y la de Los Westfield, de Reyes de Miguel, sobre
todo por su dinamismo en los diálogos y una narrativa estupenda.
Grandes promesas, en
general, está bien, aunque sin duda El ancho mundo, primero de la saga,
es el mejor. He terminado la novela con la impresión de que los personajes no han tenido la evolución que
tal vez esperaba, y esto no es casual, ya que he llegado a la conclusión de que
son las circunstancias las que les obligan a mostrar quienes son realmente,
dejando que seamos los lectores quienes los vayamos descubriendo.
Jean es el mejor ejemplo. Su
comportamiento no parece inmutarse, pero el cambio se hace evidente al final. Quizá
siempre fue así, pero mientras la vida le era favorable esa faceta ha
permanecido en segundo plano y cuando llegan los conflictos familiares y
profesionales, aflora esa parte de él. Además, mis expectativas para este libro
estaban puestas en Jean, más que en el resto de los personajes.
Geneviève, sin embargo, es una mujer
dura y fría; disfruta ejerciendo el poder, pero tiene un punto débil: necesita
siempre la aprobación de su marido, a quien siempre acaba encumbrando. En
todo momento han dado la impresión de no atraerse como pareja y, sin embargo,
parecen necesitarse.
Después de leer toda la novela, me quedo
con la sensación de que Jean es la conciencia de Geneviève, mientras que ella
es el impulso de él. Ninguno por sí solo sería capaz de afrontar la vida que
les ha tocado vivir. Creo que hay una complementariedad, y eso explica por qué
una mujer tan fuerte como Geneviève sigue valorando el juicio de Jean, y por
qué Jean, a su vez, no intenta apartarse de ella.
Los demás miembros de la familia
también responden a la misma lógica: son las circunstancias las que revelan su
carácter más que transformarlo, y por eso no se aprecia la evolución. Creo que
Lemaitre no dice quiénes son sus personajes, sino que los enfrenta a
situaciones difíciles y deja que el lector saque sus conclusiones.
De todos estos destaco a Colette. Es un
personaje que desde niña se fortalece porque su madre se obsesionó con su
hermano Phillipe; guarda también un trauma infantil que pasa bastante
desapercibido, pero al final se ve reconocido.
Creo que los capítulos de Manuel quedan
algo fuera de lugar. Su actuación final y los motivos que lo llevan a ello
pueden estar justificados. Con este personaje Lemaitre busca representar las
heridas de la guerra de Argelia, la Francia rural y pobre que sufre las
consecuencias de la modernización de una ciudad en auge.
Para llevar al
lector hasta el momento devastador, que lo expresa con la construcción de la
periferia de París, monta la historia del jabalí y durante unos cuantos
capítulos parece que estamos leyendo otra novela.
La relación del jabalí con Manuel tiene
un doble sentido: en primer lugar, me sirvió para asociarlo a Jean, y no me
equivoqué. Y en segundo lugar porque lo asocio a la frase: «jabalí
acorralado, embiste». Manuel,
como el jabalí, es desplazado de su territorio en diferentes situaciones
y se convierte en un ser desorientado, herido y peligroso.
Aun así, para una aparición tan
concreta del personaje creo que ocupa demasiadas páginas dentro de la novela.
El final me ha sorprendido más de lo
que esperaba. No me había preguntado en ningún momento quién resolvería el
asunto de Jean. Debía haberlo imaginado, pues tiene su lógica y sin embargo no
se me ocurrió.
El final de Jean y Geneviève es asimétrico
y me ha dejado huella. En mi opinión, Lemaitre es piadoso con Jean porque no se
lleva a cabo el final que este había elegido para si mismo: tras haber expiado
su pecado y por fin reconocer qué tipo de persona es su mujer toma una decisión
por los dos; es un final de novela que encajaba muy bien.
Sin embargo, lo convierte en víctima
para la familia Pelletier, para sus socios y la sociedad entera; su secreto
queda al resguardo de François y por supuesto, Geneviève, de haber podido lo hubiera
encumbrado y habría sacado provecho de la situación. De esta manera Jean queda intacto e impune.
Con Geneviève, en cambio, se podría
decir que es más injusto e irónico porque la deja privada de la cualidad que
más la definía. Le impone una vida en la que ya no puede ser la Geneviève que hemos
visto a lo largo de la saga. Esa pérdida de autonomía puede ser incluso más
devastadora que la muerte.
Me ha quedado la incomodidad de un
personaje que, siendo capaz de cometer actos terribles, pueda llegar a despertar
compasión según que lectores.
CITAS:
— Nadie
te devolverá los años, nadie te devolverá a ti misma. La vida seguirá el camino
que empezó y no volverá sobre sus pasos. No te avisará de su rapidez ni hará
ruido; discurrirá en silencio.
