PUBLICACIÓN:
16/01/2015
EDITORIAL: Valdemar
Del lado de Guermantes, del
que solo conozco el nombre del camino hasta llegar a este punto de la obra, y
tan plasmado por el Narrador en Combray, quedó anclado en su infancia el día
que Mme. de Guermantes apareció ante sus ojos en una boda aristocrática en
Combray.
Entonces, estando en Combray, el Narrador escribía así:
«De los dos caminos que salían de Combray y que se
diferenciaban tan completamente uno del otro, el de Swann y el de Guermantes,
no podía ir por los dos el mismo día».
Guermantes, al otro lado del río Vivone, es un nombre en la
imaginación del Narrador que asocia a la belleza y al misterio. Ha escuchado
que la duquesa pasa veranos allí y la convierte en el alma de un lugar al que
no puede llegar, pero alimenta su imaginación. De lo inaccesible nace el deseo,
y el camino de Guermantes nunca recorrido quedará grabado en su memoria.
Este volumen recoge la transición de lo imaginario a la
realidad. El nombre de Guermantes es algo más que un camino y un nombre, es el
que representa a la alta sociedad parisina. No es casual este encuentro que
propone Proust sino la consecuencia de su búsqueda interior, el deseo de
alcanzar aquello que en la infancia solo existía en el sueño.
Así entra de lleno en la alta sociedad, en la que irá
descubriendo que no todo es elegancia en los salones; detrás de estas fachadas
se refleja ese afán por mantener las apariencias y lo frágiles que estas pueden
ser.
A través de estos personajes tan aristocráticos, Proust desnuda
sus fachadas y revela sus carencias. El Narrador hace una inmersión en un mundo
que en el fondo tampoco le interesa demasiado, pero le sirve para compararlo
con su riqueza interior. Y no es que Proust necesite descubrir algo, no, sino
que hace uso de esta sociedad, aún sin saberlo, para recuperar ese tiempo que
tanto le obsesiona. Cada uno de ellos viene a reflejar una parte de sí mismo.
En el salón de Mme. de Villeparisis, tía de Saint-Loup y
pariente de Mme. de Guermantes, Proust convierte ese salón en el escenario
donde se revela el declive de una sociedad que subsiste gracias a las formas
sociales, y que le permitirá acceder al mundo de los Guermantes.
Hacer referencia al caso Dreyfus que tanto dio que hablar en
su momento para reflejar cómo la sociedad francesa estaba dividida y ciega moralmente;
a su mejor amigo, Saint-Loup, juzgado en el salón por su relación sentimental;
M. de Charlus insinuando sus deseos sexuales al Narrador son unas cuantas de
las variadas distracciones que tienen lugar en dichos salones.
La referencia a la homosexualidad empieza a ser más evidente en
este volumen de la obra. Aunque era un tema tabú para la época, Proust lo
aborda de manera sutil con Charlus. Convierte a este personaje en el centro de
atención para retratar la homosexualidad que la sociedad obliga a ocultar y
muestra sus propias luchas internas y conflictos emocionales.
Entre tanto ocurre la muerte de la abuela, que la presiente y la
va anticipando de una forma muy poética y estremecedora. Estaba yo tan a la
expectativa de saber qué sentiría el Narrador con su muerte que me alarmé al comprobar
que no exterioriza ningún sentimiento. En apariencia todo sigue igual, lo que
me hizo pensar que vive el duelo de la abuela en su interior. Y es tal vez ese
silencio, ese no hablar de ella, esa ausencia, lo que en realidad le causa el
dolor.
Y sí, hay un cambio en él y un punto de inflexión en la obra.
A partir de aquí comienza su decepción con los Guermantes y la vida en general.
Se puede comparar con lo que consideramos «entrar en la madurez», etapa en la que se pierde la
ingenuidad, el mundo defrauda y, como consecuencia, viene la decepción. Pero el
Narrador no ve negatividad en esa decepción, profundiza más, porque comprende
que madurar no es perder la esperanza sino ver dónde hay que depositarla.
Es en la recta final de la obra donde los Guermantes y el
resto de sus habituales cobran mayor protagonismo. Aquí, el Narrador utiliza la
ironía de
quien ha comprendido el mecanismo de ese mundo de la alta sociedad que antes
lo había fascinado.
Esto ocurre cuando descubre que la brillantez es puro
artificio; el ingenio sustituye a la inteligencia hasta el punto de que las
jerarquías sociales están expuestas a descender un peldaño por carecer de este.
Así, quienes parecían extraordinarios resultan ordinarios.
El mundo que el Narrador había soñado termina revelándose como
un gran teatro social; y solo cuando esa ilusión que tanto había imaginado se
desvanece, comienza el camino hacia la verdadera revelación: comprender que la
vida solo adquiere sentido cuando puede ser transformada en memoria y en obra.
—A medida que nos acercamos al nombre, el encanto se disipa.
Lo que antes evocaba el misterio de los bosques, los reflejos del río y las
antiguas leyendas, se reduce al rostro de una mujer que pasa ante nosotros por
la calle.
—Pero como el viajero que, defraudado por el primer aspecto
de una ciudad, se dice que quizá penetre su encanto visitando los museos,
trabando conocimiento con el pueblo, …, yo me decía que, si hubiese sido
recibido en casa de Mme. de Guermantes, si fuera uno de sus amigos, si
penetrase en su existencia, conocería lo que, bajo su envoltura anaranjada y
brillante, encerraría su nombre realmente, …
—Sentimos en un mundo, pensamos, nombramos en otro, podemos
establecer entre ambos una concordancia, pero no colmar su intervalo.
—Cada uno es el hombre de su propia idea; hay muchas menos
ideas que hombres, y por eso todos los hombres que tienen una misma idea se
parecen. Como una idea no tiene nada de material, los hombres que sólo están
materialmente alrededor del hombre de una idea no la modifican lo más mínimo.
—Después de todo, en una sociedad igualitaria la cortesía no
sería un milagro más sensacional que el éxito de los ferrocarriles y la
utilización militar del aeroplano. Además, aun cuando la cortesía
desapareciese, nada prueba que sería una desgracia. En última instancia, una
sociedad ¿no se iría jerarquizando en secreto a medida que fuese, de hecho, más
democrática?
—Su espíritu, de una formación tan anterior al mío, era para
mí el equivalente de lo que me habían ofrecido los pasos de las muchachas a
orillas del mar.
—Solo que la duquesa era incapaz de comprender lo que yo
había buscado en ella, el hechizo del nombre de Guermantes, y lo poco que había
encontrado: un residuo provinciano de Guermantes.
