AUTOR: Fiódor Dostoievski
EDITORIAL: Nórdica
PUBLICACIÓN: 2026
Noches Blancas es una obra impregnada de
soledad, tristeza y búsqueda que habitan en el mundo interior del soñador, de
quien no se revela su nombre. La novela trata la historia de un joven solitario
que parece estar entre dos mundos, el suyo interno y la realidad.
El
título, al que siempre me gusta encontrar una relación, tiene que ver con las
noches del solsticio de verano en San Petersburgo. Se les llama blancas porque el
sol no llega a ponerse del todo, y la ciudad permanece en un atardecer que se
prolonga hasta el amanecer. Este fenómeno tiene lugar entre finales de mayo y
mediados de julio, época en la que se realizan numerosas actividades culturales
invitando el tiempo a salir y disfrutar del aire libre.
Sin
embargo, el soñador, que también es el narrador, no se contagia de ese estado
de ánimo que comparte el resto de la gente. Él no es como los demás, vive
sumergido en un mundo que le resulta más cómodo y que contrasta con la dura
realidad (la que él ve).
Vive en una dualidad constante que le hace infeliz y vivir sumido en una soledad y tristeza desmesurada. Su carácter sensible y soñador le llevan a aceptar la situación en la que vive al mismo tiempo que busca un ideal que quizá nunca llegue.
El
relato del joven transmite desde el comienzo una soledad absoluta. Puede ver y
tener impresiones de todo lo que observa, pero permanece al margen. Sus oídos
tampoco escuchan, dando la impresión de querer vivir aislado del mundo.
Es
alguien que se conoce a sí mismo, piensa mucho y siente de forma intensa, pero
no vive la realidad. No se siente muy desgraciado en el sentido dramático, sino
como alguien que vive en una especie de dulce melancolía. Aunque hay tristeza,
su vida interior, llena de ensoñaciones, parece complacerle.
El
encuentro casual con Nástenka, al escuchar su llanto, lo saca de su vida
monótona. Encuentra en ella una esperanza de tener, por fin, alguien con quien
compartir sentimientos, salir de sí mismo, y lo vive como un acontecimiento
extraordinario. Aquí es donde ocurre la transformación y entra en el mundo
real.
Nástenka
es su posibilidad de entrar en la realidad. Ella le cuenta su infortunio de
amor, y en el tiempo que comparten este lo vive plenamente, cada gesto o
palabra que viene de ella parece un descubrimiento, que todo nace de nuevo. En
su estado de emoción de vivir la realidad deseada, construye una historia de
amor que va más allá de lo abarcable. Vive entonces una felicidad auténtica
porque cree posible que ella le ame también. Se siente parte de la vida.
Pero
no olvidemos que ha sido necesario este encuentro para que su deseo se realice;
Nástenka es lo único que tiene en la realidad.
De
alguna manera su mundo interior lo traiciona porque le hace creer lo que no es
y entonces viene la desilusión. La historia que había creado se rompe y todo
vuelve a ser como antes, pero algo ha cambiado. En su descubrimiento encuentra
algo importante que convierte su amargura en algo bonito.
Puede
que en nuestras conciencias esto que le ocurre al soñador nos pueda parecer
insuficiente, pero es su manera de procesar lo que ha vivido sin destruirse más
si cabe. Ese pequeño refugio de felicidad no lo ha transformado en alguien
distinto, pero decide quedarse con ese instante que antes no tenía y dispone de
una realidad que guardar en su memoria.
Cuando
comencé esta lectura me compadecí del soñador, sin embargo, al terminar, he pensado
que «ese
instante» es tan
valioso para él que quizá ya no se siente del todo desgraciado.
Pero me ha hecho plantearme esta
pregunta:
¿Dependemos entonces de los demás para
ser felices o podríamos encontrarla sin necesidad del otro?
Yo creo tener una respuesta y os la
dejo por si queréis responderos a vosotros mismos.
CITAS:
—Y pasarán más años y con ellos vendrá
la lóbrega soledad, vendrá la temblorosa vejez con su bastón y, con ellos, la
melancolía y el desaliento.
—Decirle que perezco en soledad para
que ella no se aparte de mí, que no tengo métodos para conocer siquiera a una
sola mujer, sugerirle que incluso es su obligación como mujer no rechazar una
súplica tan tímida de alguien tan desgraciado como yo.