AUTORA: Françoise Sagan
EDITORIAL: TusQuets
PUBLICACIÓN: 2022
A Cécile no le ha resultado agradable que la saquen de su zona de confort a sus diecisiete años. La vida con su padre, hasta la llegada de Anne, una antigua amiga de su madre se basaba en la ligereza, la complicidad y la ausencia de normas. Esta presencia, previamente anunciada por Raymond, no solo alterará su rutina y su forma de vivir, sino que la obligará a enfrentarse a una madurez que aún no tenía prevista.
Raymond es un hombre, yo diría hedonista, que tiene la vida organizada
en torno a la comodidad y disfrute, donde los conflictos no existen. Incluso
evita todo lo que implique un esfuerzo moral, una responsabilidad y cualquier
incomodidad emocional.
Padre e hija viven en un ambiente carente de disciplina, donde
se vive el presente y el lema principal es: «mientras estemos bien ahora, todo está bien». Tampoco parece
excesivamente preocupado por el futuro de su hija que, teniendo en cuenta que
es una menor, comparten juntos el tren de vida del padre. Visto con la mirada
crítica de hoy sería cuestionable.
Cécile, por su parte, es una chica feliz que disfruta de la
complicidad afectiva con su padre, y vive instalada en el presente sin
cuestionarse el sentido de sus emociones ni de sus actos.
El conflicto surge en ella con la
llegada de Anne, que representa un modelo de vida completamente opuesto al que
Cécile ha llevado hasta ahora. Esta no trata de desempeñar de forma explícita el
papel de madrastra, pero ejerce sobre ella una disciplina que no acepta.
Es una mujer recta, culta, que
profundiza en las emociones y le gustan las conversaciones intelectuales. Su
aspecto es el de una mujer elegante; un modelo de feminidad que Cécile no
conoce. Es sutil y delicada en el trato
con ella porque conoce el modo de vida del padre y la hija.
Raymond, por supuesto, está
encantado con Anne, mientras su hija la ve como una amenaza desde el momento en
que es conocedora de que esta relación se puede convertir en perenne. Cécile, ante
la posibilidad de perder su modo de vida intentará ingeniárselas para que esto
no ocurra.
Su comportamiento puede resultar
comprensible en esta historia, que todo es un capricho de la edad, pero en realidad
da que pensar y puede ser preocupante. Porque Cécile, más que a perder a su
padre, algo que no contempla, a lo que tiene miedo es a perder su modo de vida.
Sus maquinaciones secretas terminarán en un final trágico. Tal
vez se pasó de la raya, podría haber pensado. Siempre le quedará la duda de cómo
ocurrieron realmente los hechos: los intuye, pero solo ella los conoce en su
totalidad.
En el final de esta historia, Cécile descubre que el dolor
existe; es consciente de que sus actos pueden tener consecuencias terribles y que
su vida ideal también se puede romper, pero nada cambia.
Es como si añadiera a los ingredientes de su vida uno más: la tristeza
que siempre la acompañará.
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