EDITORIAL: Salamandra
PUBLICIÓN: 28/05/2009
Hay un desconcierto inicial en la lectura que indica que algo no está bien en Esme. A medida que la vamos conociendo, desde la infancia, es inevitable sospechar que su comportamiento no es el de una niña normal. Y esa es toda la información, a priori, que da la autora para hacer creer al lector lo que no es.
Crea un prejuicio falso en quien lo lee porque al mismo tiempo
que se narra el pasado está ocurriendo el presente, y este confirma la idea que
ya nos hemos creado sobre la protagonista.
Confunde también el hecho de que intervengan tres narradoras:
Esme siempre en primera persona; Iris y Kity en tercera, pero la primera está
en el presente y la segunda narra el pasado.
La visión «anormal» que cada lector se pueda
crear de la protagonista es la habilidad de la autora para reflejar la rígida sociedad
y el modelo familiar de Esme. Por eso, conforme avanza la lectura se hace cada
vez más evidente que no hay patología en ella, sino la forma en que los demás la
juzgan por no actuar en concordancia.
Esme no encaja en el modelo de feminidad de la época; no
contempla la idea de que su vida se resuelva con un matrimonio y esto desespera
bastante a sus padres.
Y entonces llega el momento más devastador del libro. Algo
terrible le ocurre a Esme que la fractura por completo. La autora insiste menos
en lo que ocurre que en el después, cuando Esme comprende el golpe brutal de lo
sucedido. Este daño no deja huella social, solo está en su interior, y menos
aún si no puede o no debe contarlo.
Este desorden interno, su repugnancia y la incapacidad para
seguir como si nada, la condenan de por vida. ¿Debe fingir, callar e
incorporarse a una sociedad en la que no encaja?
Se hace dura la novela cuando descubrimos que Esme ha sido borrada
del árbol familiar y es llevada a uno de esos lugares que entierran en vida, y
deja de existir para el resto del mundo; en el futuro nadie sabrá que ha
existido.
Es un clamor, una incomodidad, lo que se instala en el cuerpo cuando
se escucha la voz de Esme suplicando a su padre que no la saque del hogar
familiar. Solo tiene dieciséis años y no entiende que maldad ha cometido. Pero
sus padres son de los que piensan que «muerto
el perro se acabó la rabia».
Así
es como lo ven, como una solución práctica para restablecer el orden familiar
y social.
Una decisión administrativa hace que Esme tenga que abandonar el
lugar en el que ha pasado décadas. ¿Se le puede llamar tener
suerte o causa del destino que por fin vaya a ser libre?
Visto en el sentido de que se produce un cierre, es una
circunstancia que nada tiene que ver con ella. Desde el punto de vista moral, Esme,
no sale porque alguien la escuche, la crea o repare en la injusticia que se ha
cometido con ella.
Ella no alberga esperanza, tan solo sobrevive encerrada por una
sociedad que condena su forma de ser y de estar. Solo cuando ese sistema deja
de existir, ella puede salir.
El final también me ha parecido desconcertante dejando que el
lector saque su propia conclusión. No esperemos una reconciliación, ni un
perdón, como tampoco hay consuelo. Es el resultado de una vida rota y gastada
por el paso del tiempo sin posibilidad de recuperación.
Está más cuerda que nunca: recuerda lo que le hicieron,
quienes participaron y qué le fue arrebatado sin retorno. No busca reconstruir
el lazo familiar, sino afirmar su verdad, aunque sea tarde y no repare nada.
No hay comentarios:
Publicar un comentario