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LA LLAMA VEHEMENTE. Historia de Stephen Scott.


AUTOR: Ludwing Lewisohn

PUBLICACIÓN: 1930

EDITORIAL: Hermida Editores


Me ha llamado la atención el nombre de Scott, escrito así en la portada del libro, y en la traducción del texto aparece escrito como Escott. ¿Es un error de traducción de la obra? También he percibido algún error en la composición de alguna la frase que me ha llevado a confusión, y no sé si considerarlo un error de traducción. Solo mencionarlo por si otro lector lo percibe también.

La novela aborda temas como la identidad, las convicciones y los conflictos interiores que tiene el protagonista. Indaga sobre el amor, el sexo, la amistad, la hipocresía y la justicia.

Todo lo anterior queda reflejado en tres matrimonios americanos, unidos por una amistad que empezó, entre los chicos, cuando estaban en la universidad y que decidieron mantener.

Los Clayton son ricos; los Sampson son judíos y luego están Stephen y Dorhoty, los Scott.

La novela se divide en cuatro libros:

—Un destino estadounidense

—Sampson y Escott

—Sobre el tiempo y los cambios

—Que trata del amor y de la muerte

La aparente armonía social que se percibe en las tres parejas es solo superficial. Debajo de cada una de ellas hay una serie de diferencias que no afectan necesariamente a sus convivencias. Estas apenas son perceptibles, más bien se reflejan en pequeños gestos, silencios, comparaciones o sentimientos que no se expresan de forma directa.

Y lo curioso es que tampoco parece haber fragilidad. Se podría decir que las tres parejas guardan las apariencias, pero tampoco es del todo cierto.

Los Sampson, el matrimonio judío, me ha parecido la pareja más sencilla; actúa con más naturalidad y no necesitan demostrar nada. Son lo que son; su condición de judíos forma parte de su identidad, y no ven problema en expresar aquello que piensan y sienten. Esto es posible a que se cumple el perfecto rol de marido que ha prosperado porque su mujer se ha amoldado a sus necesidades. Además, lo reconoce muy satisfecho.

Sin embargo, los Clayton, son el matrimonio rico que se ha construido una identidad basada en la apariencia, en concreto Oliver Clayton; hablo solo de él porque su mujer participa poco.

Desde que lo conocemos en la universidad, su riqueza le ha protegido: las puertas se le abren; los demás le atribuyen cualidades que él sabe que no posee. Y precisamente porque conoce sus debilidades, necesita dar una imagen de seguridad, capacidad y fortaleza.

Mi impresión es que el autor se vale de estos dos matrimonios para hacer contraste con Stephen y Dorothy, los Scott, y reflejar a través de ellos otro tema importante en esta obra: el puritanismo estadounidense.

Dorothy es quien mejor lo encarna y tampoco sale bien parada: es una mujer inamovible en sus principios y no evoluciona en ningún sentido;  la forma en que juzga a los demás y sus prejuicios hacia Ruth y David por ser judíos, la convierte en una esposa incómoda para Stephen.

Stephen es más complejo. Aunque ha recibido la misma educación que su mujer, reconoce que el comportamiento de ella es incómodo y le impide avanzar en la búsqueda de sí mismo que ha emprendido.

Pero Dorothy muere, y se produce un alivio en Stephen que lo lleva hasta Beatrice en un intento de buscar un terreno distinto sin lograr la liberación que tanto ansía. Beatrice también sale perjudicada porque su comportamiento es el de una mujer feminista que no consiente depender de ningún hombre; más bien los utiliza y esto no le gusta a Stephen.

Hasta aquí quedan resumidos los tres primeros libros, y es en el cuarto titulado «Que trata del amor y de la muerte», donde la novela da un giro que me parece relevante, sobre todo en el concepto que se tiene de la mujer.

De forma progresiva, ese puritanismo basado en las convicciones de Stephen y los demás personajes se convierte en algo más personal: no se trata ya solo de las normas que impone la sociedad, sino de lo que cada individuo considera justo y hasta donde le puede llevar su propia conciencia.

Paul es un personaje que al comienzo parece secundario ya que el autor lo reserva para la última parte. Comete un asesinato, cuyo móvil es el amor basado en los celos y la posesión. No ve lo ocurrido como una simple infidelidad porque además siente que le han arrebatado a Janet, algo que le pertenecía. Harris es el amante, y desde su perspectiva, ambos son los responsables de la traición, pero es Harris quien acaba pagando con su vida.

Lo interesante es que Paul construye un argumento moral para justificar el asesinato. Hace de su conciencia una ley propia y se atribuye la capacidad de decidir lo que es justo y lo que no.  Consigue librarse de la cárcel con la ayuda de David Sampson y Stephen. Es sorprendente cómo estos liman el argumento a Paul para que no sea condenado.

Como abogados están justificando, igual que Paul, el asesinato que ha cometido este.

Por eso, al terminar la novela, no estoy tan segura de que su sentido último sea únicamente una crítica del puritanismo estadounidense. Creo que Lewisohn parte de ese mundo de convenciones, prejuicios y normas sociales para llegar a algo más íntimo: la búsqueda de una verdad propia, la de Stephen, y los límites de la conciencia individual, la de Paul.

Según esto, veo un contraste interesante entre Stephen y Paul. Stephen convierte su existencia en una búsqueda que es subjetiva, porque ¿cuándo podemos estar seguros de haber encontrado aquello que buscamos?

Paul, sin embargo, está convencido de lo que considera justo y actúa conforme a su conciencia y la convierte en una ley absoluta para terminar justificando aquello que sería injustificable.

Quizá esté ahí el sentido de la novela: si nos liberamos de las normas sociales en las que hemos sido educados, ¿qué nos garantiza haber resuelto la búsqueda? Y de ser así y haber encontrado nuestra verdad propia, ¿puede llevarnos a convertir la conciencia en una ley para los demás?

Una lectura interesante que sin duda da que pensar. 


CITAS:

—Se ha descubierto que en el corazón de las más tiernas y más estrechas relaciones humanas se esconde el germen de la enemistad y la discordia, que el amor más grande está contaminado en parte por el odio.

—Gritan: ¡La vida es triste! cuando son ellos los que están tristes, quieren que la vida les aporte todo, pero ellos no le aportan nada a la vida.






RAYUELA

 

AUTOR: Julio Cortázar

PUBLICACIÓN: 07/06/2013

EDITORIAL: Alfaguara



Leer a Cortázar en Rayuela ha sido una experiencia nueva. Su prosa es poética: unas veces elegante; en ocasiones vulgar; otras irónica, inteligente, incluso tierna.

No es una novela en la que haya que preguntarse qué pasa después. Mi impresión ha sido la de una lectura que hay que atravesar y en ese recorrido hay que pensar, comprender, y no esperar un final que se resuelve.

Me sentí incómoda en el comienzo, advertida ya por todas las opiniones y críticas que había leído antes de meterme en este “fregao” de novela. Pensé en conformarme con la lectura lineal, hasta el capítulo 56, que es donde termina la obra. Pero al término de esta sentí ganas de seguir leyendo. Es cierto que se puede prescindir de «Los Prescindibles» pero la incertidumbre me ha llevado a continuar.

La lectura lineal presenta dos lados:

El lado de allá ocurre en París, donde las discusiones existenciales entre Horacio Oliveira y sus amigos del club de La Serpiente son elevadas a lo máximo, al mismo tiempo que se apoderaba de mí una sensación de lejanía. Cuando esto ocurre, una puede volver a releer el párrafo no comprendido, y lo hice. Entender ese clima existencial que Oliveira y sus amigos plantean es clave en esta obra, pero me ha costado enfrentarme a sus búsquedas, dudas y contradicciones.

Horacio es un personaje complicado y pasivo, que no se conforma con el sentido convencional de la vida. Aunque las conversaciones con sus amigos parecen un mero intercambio de ideas, él siempre está buscando una clave para su existencia. Para ellos la vida intelectual es una parte más de la vida, para Oliveira es su forma de vida.

La voz narrativa me ha hecho pensar en un narrador omnisciente llevándome a confusión. Me ha resultado difícil de clasificar y, por tanto, me quedo con la idea de una voz que acompaña ayudando a que la novela se expanda. Son los personajes, en sus diálogos, los que dan profundidad a la obra llevándola a una dimensión que, a mí, como lectora, me ha costado llegar a veces.

No hay personajes extraños en El lado de allá, y sí poco convencionales. Horacio y sus amigos del club, llenan el ambiente de melancolía con su vida bohemia, con sus críticas inconformistas ante la idea de encontrar algo más auténtico que la vida ordinaria.

El escenario que dibuja Cortázar es gris, sucio y desordenado, pero a ellos no parece importarles. Es Horacio, sobre todo, quien no tiene una vida plena; busca algo, no sabe qué, ni cómo encontrarlo. Las vidas de todos ellos me han transmitido incomodidad, desasosiego, más irritación que pena por vivir en una continua deliberación mental. Es algo agotador que termina por saturarte, porque sientes que la vida de Horacio está paralizada.

La Maga es un personaje aislado, pero imprescindible para Horacio. Tiene los pies en la tierra; actúa de forma serena, pero no es ingenua; es su forma de ser inteligente, y aunque su pasado está marcado por la tragedia parece no hacerle sombra. Ella tiene esa vida que Horacio no puede alcanzar: lo imprevisible, lo emocional, enfrentarse a sus límites y por eso lo descoloca. Ninguna mujer ha sido capaz de ponerlo en el lugar que ella, por eso, cuando la pierde, no puede evitar compararla con Pola o confundirla con Talita. La Maga siempre estará en su existencia porque no cierra «eso» que no ha entendido y no puede empezar de nuevo.

En El lado de acá, Horacio regresa a Argentina, al reencuentro de sus amigos. París ha quedado atrás, pero solo geográficamente. En este lado, el clima y los comportamientos de los protagonistas son diferentes. Hay un cambio evidente en el escenario y los personajes; los diálogos cobran entusiasmo, energía y dinamismo.

Los amigos de acá viven de forma más directa y menos intelectual. Traveler y Talita tienen una relación y no convierten la vida en un problema. Pero Horacio es una persona que sufre y no sabe ni deja vivir a los demás. Crea otro problema cuando ve a Traveler como alguien que él nunca será, cuando ve en Talita a la Maga.

Horacio cambia la vida bohemia por otra más cotidiana; las discusiones intelectuales no surgen con la misma frecuencia y tiene más contacto con la realidad.  Quizá porque parece estar más en la tierra, empieza a tener ciertas fisuras sobre sí mismo.

Y estas quedan al descubierto cuando afloran en él la debilidad, la inseguridad y el miedo; es alguien dominado por la obsesión hacia una búsqueda sin sentido que no llega a nada, pero sí acaba mostrándose.

Termino esta primera lectura creyendo que he conseguido introducirme en la mente de Oliveira y compruebo que me deja más incertidumbre: ¿Cuál es su decisión final?... No hay decisión final; no sé qué ocurre en realidad.

Llegado a este punto decido leer «Los prescindibles». Contemplo la idea de tomarme un descanso y retomar la lectura pasados unos días según el tablero de dirección, pero he pensado que las ideas están frescas ahora y es el momento de seguir.

Estos capítulos son un complemento que dan consistencia a la obra. Son más existenciales, más enrevesados, pero en ellos hay más de su esencia:

En Los prescindibles, siguiendo el tablero de dirección, percibo que la idea de verdad que ya conozco y que Oliveira detesta está ahí, desde el principio. Él no la ve como algo definitivo, por eso comienzan sus dudas. Estas son fugaces intuiciones que parecen dar sentido a su búsqueda; por segundos cree sentirse en el cielo, en el cuadrado de arriba de la rayuela que en Argentina llaman «cielo», pero enseguida tiende a analizarlas y se hacen efímeras.

Cortázar menciona el futuro de Orwell en «1984» y de Huxley en «Un mundo feliz», dos mundos que no entran en los patrones de Oliveira porque en ellos hay control, vigilancia y pérdida de la libertad; comodidad y ausencia de conflicto. Aunque ambos mundos difieren él no los acepta. Atravesarlos sería encontrar el mundo que busca, pero Cortázar no parece dispuesto a que esto ocurra.

Afinando en los detalles, la Maga y Oliveira se comparan entre ellos con dos artistas: él con Piet Mondrian, un pintor, y ella con Vieira de Silva, una pintora. Busqué sus obras y comprobé que son dos artistas con estilos abstractos pero diferentes. Esta simple comparación me ha hecho pensar que tienen algo en común: ambos buscan algo que va más allá de lo convencional con la diferencia de que Oliveira necesita entenderlo antes de alcanzarlo y la Maga no, lo vive.

La metaliteratura está presente en Rayuela a través de Morelli, un escritor que forma parte de la novela. Este, en sus notas, a las que llama Morellianas, plantea la forma en que está estructurada la novela y cómo el lector tiene que enfrentarse a ella.

Rayuela es una novela incómoda que rompe las normas convencionales.  La actitud de Horacio ante la vida y su búsqueda existencial remueve e inquieta, y deja al lector con la incertidumbre de conocer su decisión final. Me ha quedado claro que su búsqueda es en vano, que lo más lejos que llega es a tener dudas; esto ya es bastante.

Esta novela, con nombre de juego, es el juego existencial de Oliveira cuyo objetivo es llegar al «cielo», último cuadro de la rayuela. Pero Cortázar no resuelve nada y deja al lector planteándose cual ha sido la decisión final de Oliveira. De manera que la novela no concluye con un destino, sino con la certidumbre de que no sabemos qué será de Oliveira, pero sí quién es él. Y quizá eso sea más definitivo que cualquier final.

CITAS:

—No estábamos enamorados, hacíamos el amor con un virtuosismo desapegado y crítico, pero después caíamos en silencios terribles y la espuma de los vasos de cerveza se iba poniendo como estopa, se entibiaba y contraía mientras nos mirábamos y sentíamos que eso era el tiempo.

—Pero esa unidad, la suma de los actos que define la vida misma se acabara como un mate lavado, es decir que solo los demás, los biógrafos, verían la unidad, y eso realmente no tenía la menor importancia.

—La joroba está en que la naturalidad y la realidad se vuelven no se sabe por qué enemigos, hay una hora en que lo natural suena espantosamente a falso, en que la realidad de los veinte años se codea con la realidad de los cuarenta y en cada codo hay una gillete tajándonos el saco.

—La verdadera otredad hecha de delicados contactos, de maravillosos ajustes con el mundo, no podía cumplirse desde un solo término, a la mano tendida debía responder otra mano desde el afuera, desde el otro.