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LA MUERTE EN VENECIA

 

AUTOR: Thomas Mann

EDITORIAL: Círculo de Lectores

PUBLICACIÓN: 1971


Es una historia breve, en apariencia sencilla si se lee de forma superficial, centrándose únicamente en lo que le ocurre al personaje. Sin embargo, en La muerte en Venecia, Mann construye una novela que invita a desnudarla, a que el lector mire en el interior del personaje y observe su evolución de principio a fin.

Antes de entrar en la historia y conocer al personaje en cuestión, el lector tiene el placer de leer el magnífico prólogo, a modo de ensayo, de Vargas Llosa, en la edición de Biblioteca de Plata publicada por Círculo de Lectores. En él se anticipa cómo la vida de un hombre que siempre ha vivido en la rectitud puede llegar a degradarse por culpa de una obsesión.

Gustav Aschenbach es un escritor consagrado, prestigioso y admirado públicamente. Sin embargo, en su presentación, mi percepción ha sido la de alguien con cierta rigidez y disciplina, con limitaciones a la hora de crear una obra y una inspiración que no surge con naturalidad.

Vive en Munich y, paseando un día cerca de un cementerio, sus ojos tropiezan con la figura de un extraño. Este breve encuentro lo deja pensativo de regreso a casa, al tiempo que le despierta el deseo de viajar. Ese instante termina ahí; Mann no lo desarrolla; parece algo simbólico; como una premonición de lo que va a suceder después.

Aunque es en Venecia donde todo parece comenzar y a derrumbarse, Aschenbach ya trae desde Munich una fisura apenas perceptible, pero no caí en ello hasta saber lo que le ocurre en Venecia. Instalado en el hotel, dispuesto a disfrutar de su estancia en esta ciudad, asistiremos al declive de un personaje que se enamora y obsesiona con un chico adolescente que intuyo muy joven.

La riqueza de esta historia está en la vida interior de Gustav. Todo lo que ocurre en su mente no llega a hacerse realidad. Solo él es testigo de las sensaciones que se le despiertan desde que conoce a Tadzio. Todo es una contemplación diaria que hace de su enamorado como figura idealizada de la juventud ante la madurez, de la inocencia ante la experiencia, y la belleza en su estado más puro haciendo alusión a figuras clásicas de la cultura griega.  

Tadzio, el chico adolescente que se aloja con su familia en el mismo hotel que Aschenbach y el objetivo de su obsesión, nunca llegará a saber nada de lo que ocurre.

Gustav es la imagen perfecta de un señor que pertenece a la alta burguesía, intelectual, respetado y reconocido como escritor. No es un personaje conflictivo en ningún sentido; nadie a su alrededor detecta nada; solo él es consciente de lo que Tadzio ha provocado en él.

¿Qué puede removerse entonces en su interior para llegar a tal degeneración? Quizá el encuentro de algo tan esencial en la vida como los sentimientos de deseo, emoción, sensibilidad, estuvieron reprimidos y olvidados e irrumpen de forma imprevista causando en Aschenbach sorpresa y una mala gestión.

Dos hechos destacan en la novela por su aparente brusquedad: la epidemia de cólera que inunda a Venecia y el final del protagonista. Ninguna es casual. La enfermedad se va insinuando no como foco de atención sino para advertir a Aschenbach a la hora de tomar la decisión de si debe continuar en Venecia.

La forma en que Mann resuelve el final de Gustav me ha parecido aún más repentina. Pero observando el deterioro progresivo en el que: evoluciona para mal, se centra en esa entrega interior, le provoca un abandono de sí mismo, y la decisión de quedarse en Venecia pese al cólera es definitiva, entonces es creíble su final.

Es una novela preciosa en la que destaco el estilo de Mann: discreto, contenido, elegante y respetuoso con el personaje por el tema que aborda y dotada con un vocabulario sibarita por el lenguaje refinado, culto y lleno de bellos matices.


CITAS:

—«Se le ve muy delicado y enfermizo, pensó Aschenbach. Es probable que no llegue a viejo» Y renunció a justificar ante sí mismo el sentimiento de satisfacción o de apaciguamiento que acompañaba esa idea.

—Nada hay más extraño ni más delicado que la relación entre personas que sólo se conocen de vista, que se encuentran y se observan cada día, a todas horas, y, no obstante, se ven obligadas, …, a fingir una indiferente extrañeza y a no intercambiar saludo ni palabra alguna.

—Pues quien está fuera de sí nada aborrece tanto como volver a sí mismo.