AUTOR: Pierre Ambroise
Choderlos de Laclos
EDITORIAL: Penguin Clásicos
PUBLICACIÓN: 18/05/2023
Las amistades peligrosas, es una novela epistolar
escrita con las numerosas cartas que diferentes personajes se envían entre sí. En
ausencia de un narrador, las plumas de estos aristocráticos personajes pueden
hacer creer que fueron ellos quienes las escribieron y se las enviaron.
Las
cartas están organizadas de forma lineal y progresiva y los acontecimientos que
se van narrando avanzan en el tiempo; cada carta responde a otra para comentar
los hechos recientes y así evoluciona la historia. Desde el principio, el
lector puede tener conciencia del plan que se crea, cómo se desarrolla este, y
las posibles consecuencias que traerá después.
Ilustración de la carta X de Las amistades peligrosas, 1796. «O mon ami, lui dis-je… Pardonne-moi mes torts, je veux les expier à force d’amour»
Laclos, de profesión militar, empezó a escribir estas cartas, conocidas tambien con el título de Las relaciones peligrosas en 1778, y fueron publicadas en 1782. Un año más tarde fue ascendido a capitán de artillería, y no sintiéndose muy integrado en los menesteres que esta profesión exige, solicitó una baja de seis meses durante la cual, en París, puso en práctica su vocación literaria.
En
ellas retrata una aristocracia francesa centrada en las relaciones sociales;
una élite que vivía buena parte de su tiempo en salones donde compartían
tertulias, cotilleos, pero, sobre todo, ser visto, reconocido y mantener una
imagen.
Todo
se teje en un lenguaje muy cuidado y formal: es elegante, elaborado y de
vocabulario extenso y poético. Esta entretenida forma de comunicarse, muy
habitual en la época, era tan frecuente que da la impresión de que la
comunicación era en tiempo real.
Hay
que destacar en estas cartas los diferentes estilos de lenguaje que utiliza
Laclos para expresar, seducir, manipular, convencer, justificarse, insinuarse, ironizar
y ser hipócritas, buscando de forma sutil y casi nunca directa producir un
efecto.
Ilustración de la carta XLIV de Liaisons Dangereuses, 1796.
Muy
pronto una se percata de que en este círculo de apariencias y engaños la
marquesa y el vizconde, amantes, amigos y rivales, hacen homenaje al título de
la novela. Se consideran como iguales y se nota que el juego de la manipulación
les causa placer y alimenta sus orgullos.
Con
las maquinaciones de ella se inicia una trama intencionada: la de vengarse de cierto
hombre que le ha hecho sentirse despreciada, y decide herirle en su honor ahora
que va a casarse con otra mujer más joven.
La
marquesa es quien dirige la empresa de corromper a la joven antes del
matrimonio, y para ello le propone al vizconde que le ayude. Este, se opone en
principio porque anda atareado en otra conquista en la que ha de poner más
empeño; considera que la proposición de la marquesa para seducir a una
jovencita es demasiado fácil y la victoria obtenida no sería tan interesante.
Según
esto, la novela empieza con dos objetivos que se llevan a cabo por separado: el
de la marquesa y el del vizconde. Sin embargo, en la relación personal que
mantienen a través de sus cartas es inevitable que uno invada el juego del otro
quedando ambas tramas entrelazadas.
Cuando el plan de la marquesa parece solucionarse; cuando
cree haber alcanzado su objetivo, y segura de que la inocencia de la joven ya
no es tal y su futuro matrimonio se verá alterado, esta se relaja y se centra
más en el asunto del vizconde que parece no ir según lo previsto. Y aquí es
donde hay que prestar atención.
Ilustración de la carta XCVI de Liaisons Dangereuses, 1796.
Lo
que detecta la marquesa son señales que empiezan a inquietarla: ambos, que
siempre se habían considerado por encima de las emociones, el vizconde parece
estar cayendo en su propia trampa y eso la altera porque ya no lo considera su
igual. La consecuencia de esto son los celos que ella empieza a sentir, luego
entonces la marquesa también podría estar sucumbiendo.
Es
algo que acontece de forma sutil, por lo que aconsejo prestar atención a lo que
se dicen entre ellos en sus misivas, ya que lenguaje tan elaborado puede llevar
a la dispersión del lector.
Los
personajes implicados de forma involuntaria, por supuesto desconocedores de lo
que se cuece, en realidad son meros objetos puestos a disposición del vizconde
y la marquesa para llevar a cabo el plan.
Aunque estas cartas lleven a centrarnos en las
pasiones que acontecen en los personajes, es inevitable preguntarse si la
marquesa y el vizconde saldrán airosos de ese plan que iniciaron.
Porque cuando se intenta elaborar una estrategia que
depende solo de una persona, esta lo mantiene todo bajo su control y, si, por
el contrario, se decide compartirlo con alguien más, como es el caso del que
hablo, es posible que las cosas se tuerzan.
Ambos utilizan la confianza y la intimidad de sus
víctimas, con la diferencia de que el vizconde actúa emocionalmente y la
marquesa, controlando sus emociones, es más fría y calculadora.
Ilustración de la carta LXXI de Liaisons Dangereuses, 1796.
La amistad era parte del juego y al comprender sus víctimas
que quienes fingían ayudarles habían estado manipulando y ocupando secretamente
sus lugares, el ritmo, al final de la novela abandona su lentitud deliberada y
se acelera de forma vertiginosa.
En cuanto a sus víctimas están los que quedan
destruidos porque las apariencias dejan de serlo y el honor se resiente; otros
regresan voluntariamente al origen tras lo aprendido una vez perdida la
inocencia, y otros pierden definitivamente la ingenuidad sentimental con el
desengaño amoroso.
Lo cierto es que tanto la marquesa como el vizconde,
seguros de su invulnerabilidad y convencidos de que sus pasiones estaban
dominadas, no hay que descartar que puedan terminar atrapados en ellas. ¿Han
recibido lo que han cultivado?
El desenlace termina en un drama para algunos
personajes, y para los que la situación fue más llevadera no es necesario
extenderlo más. Esta novela epistolar de Choderlos de Laclos puede interpretarse como una lección moral sobre
la amistad traicionada en la que nadie sale ganando.
CITAS:
—No es raro ver que la melancolía y el
fastidio del mundo sean síntomas precursores de alguna grave enfermedad; los
males del cuerpo, así como los del alma, hacen desear la soledad; y a menudo
echamos en cara el mal humor a aquél de cuyos males deberíamos tener lástima.
—Si he de dar crédito a lo que tantas
veces me han dicho, los hombres no aman tanto a sus mujeres cuando las han querido
antes de serlo.
—¡A donde nos arrastra el orgullo! El sabio
tiene razón, cuando dice que es el enemigo de la felicidad. ¿Dónde estaría
usted ahora, si yo no hubiera querido más que burlarme?
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