PUBLICACIÓN: 04/03/2026
EDITORIAL: Alba
Editorial
El ángel y los perversos, es un título que me sugirió
una historia protagonizada por el bien y el mal. En realidad, no es tan
literal, aunque al principio es inevitable pensar que estos dos conceptos están
presentes en la novela. Es una idea que cobra fuerza al principio, sin embargo,
al final llegué a preguntarme hasta qué punto a los perversos se les puede
adjudicar ese calificativo.
El
libro fue escrito en 1930. El tema que narra es delicado, y mucho más en una
época en que el poder de las convenciones sociales hacía cuestionarse todo lo
que no entrara dentro de la normalidad establecida.
La
compasión que sentí por Mario al principio fue dejando paso a la percepción de
una ironía cada vez más presente, y de un leve cinismo con el que el personaje
parece protegerse de un mundo que nunca terminó de aceptarlo.
El
elemento más importante en la novela es la identidad de Mario, y de Marion; es,
ante todo, una condición física: su cuerpo no encaja en la clasificación sexual
binaria de la época. Hoy se conoce como intersexualidad y en la época en que se
sitúa la novela se definía con hermafrodita.
La
autora presenta dos realidades: el conflicto que origina en los demás, y la que
ella vive al margen de todo lo que le rodea. No es una cuestión de cómo quería
sentirse; no es algo que nace de sí misma. Su tristeza se produce ante una
verdad dolorosa que no ha causado. Él solo ha nacido, pero en sus padres solo
ve desilusión.
Hay
un salto en el tiempo entre la infancia de Mario y la juventud. Puede ser una
decisión deliberada de la autora para dejar constancia en la mente del lector
el origen de la herida. Desde su nacimiento, Mario, ha sido definido antes de
que él pueda hacerlo por sí mismo, como si le hubieran robado su identidad.
Por
eso, cuando empieza a vivir como Marion, el nombre de Mario sigue formando
parte de su historia. Marion no borra a Mario; representa la forma en que
decide presentarse al mundo.
¿Esto
la hace vulnerable? Durante la novela no lo he percibido, pero al final ocurre
algo muy bonito y emotivo que desvela cómo se ha sentido siempre y de qué forma
encuentra, por fin, una posibilidad de reconciliación con esa herida.
Creo
que la riqueza de la novela está en la sensación que esta lectura pueda
producir en quien la lee. Contiene una prosa elegante, que sugiere más que
demuestra, y al mismo tiempo conmueve mientras transmite la evolución emocional
de Marion. Todo transcurre de forma apacible y sin dramas.
El
dolor se percibe a través del comportamiento de los demás; es tan sutil que
nadie lo nota. Ella sufre, en silencio, incapaz de hacer daño.
Los
demás abusan de su confianza, pero sin maldad para satisfacer sus propios deseos.
No hay personajes perversos en el sentido de malvados, pero
es cierto que se muestra a una sociedad incapaz de salir de sí misma.
A
pesar de la infancia que ha tenido Marion, y aunque descubre que el mundo no
funciona con la lógica de la entrega, sino con del deseo individual, su
comportamiento la hace seguir confiando. Podría decirse que espera encontrar
comprensión, pero por como termina esta historia me inclino más a pensar que se
trata de cubrir esa carencia familiar que tuvo de niño.
He
visto en esta novela no solo una cuestión de identidad; es también una
reflexión sobre la naturaleza de las relaciones humanas. No es la historia de
un personaje convertido en excepcional por ser considerado diferente. Es la
historia de alguien que nunca deja de buscar la aceptación que le fue negada
desde el comienzo de su vida.
La
novela muestra cómo una sociedad puede convertir a una persona en alguien que
siempre tiene que justificarse o esconder una parte de sí.
CITAS:
—Amén.
Todos los padres son estirados y desconfiados, todos los clérigos, desdentados
y adustos, todos los niños, tratados como prisioneros culpables.
—El
horror sin nombre de mi infancia era, pues, una historia aún más negra que su
recuerdo en mi alma, veneno eterno.
—Puesto
que no soy un ser humano como los demás, ¿no es ya, desde mi nacimiento, como
si todo el mundo estuviera muerto? No amo a nadie, nunca he amado a nadie,
probablemente nunca amaré a nadie. Nada podrá hacerme creer que tengo derecho a
amar siquiera a un animal. Cuando muera, mi muerte solo será una catástrofe
para mí misma, suponiendo que morir lo sea. Si alguien me amara, me sentiría
indispensable para un corazón que late, y entonces sería, a mis propios ojos,
un ser valioso, y me defendería de la muerte.
—Se
descubren milagros en el refrán más banal cuando se experimenta personalmente
su verdad.