AUTORA: Paloma
Sánchez Garnica
PUBLICACIÓN: 17/09/2025
EDITORIAL: Planeta
Últimos días en Berlín es una novela que
atraviesa diferentes momentos históricos decisivos para Europa, y sirven de
escenario para narrar la vida y el destino de la familia Santacruz.
La autora sitúa al lector en distintas
épocas. La primera transcurre en 1921, en Petrogrado, actual San Petersburgo.
Una ciudad que ya no reluce tras la caída del Imperio zarista y donde comienzan
a sentirse las consecuencias de la Revolución rusa. En este escenario, la
familia Santacruz vive sus últimos días de bienestar antes de que las nuevas
circunstancias los obliguen a huir. Los destinos de sus miembros tomarán
caminos diferentes y ya nada volverá a ser igual.
La segunda etapa se sitúa en 1933, en
Berlín, cuando el nazismo daba sus primeros pasos en Alemania. Un narrador en
tercera persona acompaña a Yuri, el hijo mayor de los Santacruz, en el largo y
penoso recorrido que le espera tras su llegada a la ciudad.
A través de los personajes se refleja
cómo la sociedad alemana, especialmente aquella que no compartía las ideas del
nazismo, se resquebraja y queda cada vez más atrapada en el nuevo sistema
político que emerge. La rapidez con la que se propagan el odio y el fanatismo
entre los partidarios de Hitler es un detalle que llama la atención, aunque
quizá esté justificado por el ritmo de la novela.
Sin embargo, no encuentro gran
profundidad en los personajes; más bien funcionan como hilos conductores que
dan continuidad a la historia. Es en el contexto histórico donde veo reflejados
los sentimientos de rabia y odio provocados por el miedo, la sospecha y las
ideologías, y donde percibo una intensa carga moral y emocional que, como
lectora, no he podido evitar sentir.
Los acontecimientos políticos no aparecen
siempre de forma explícita en las escenas, pero lo impregnan todo; son los que
intervienen, condicionan y moldean la vida de unos personajes que intentan
mantener sus valores por encima de todo y sobrevivir al mismo tiempo.
La tercera etapa transcurre en Moscú, en
1939. Viajar hasta allí significa para Yuri aplazar el presente y enfrentarse
definitivamente al pasado. Los cabos sueltos que quedaron tras la precipitada
huida de su familia se resuelven, pero a un precio muy alto.
La caída de Berlín, en 1945, constituye
la última etapa de la historia y el final al que Yuri debe enfrentarse cuando
regresa.
La línea temporal de la novela es lineal
y, aunque hay cambios de escenario, la ubicación temporal nunca resulta confusa
y permite seguir con claridad la evolución histórica de los acontecimientos.
Hay giros inesperados que mantienen viva
la esperanza de supervivencia de los protagonistas. Algunos resultan
verosímiles y encajan de forma natural en el desarrollo de la trama; otros se
intuyen con cierta antelación. También los hay que irrumpen de manera repentina
y parecen una casualidad excesiva. Sin embargo, si se reflexiona sobre la
escena y se analizan los detalles que la preceden, se encuentra una
justificación dentro de la lógica narrativa.
El final me ha parecido previsible para
los personajes principales. Al principio puede parecer arriesgado, pero, a
medida que avanza la historia, la autora va dejando pistas que permiten intuir
su desenlace. Es cierto que se merecen un final feliz después de todo lo que
han pasado y que, una vez concluida la tragedia de la Segunda Guerra Mundial,
poco más queda por decir. Aun así, me ha sonado a cuento de hadas con un
componente romántico.
En conjunto, es una historia que engancha
y se hace sentir, sobre todo porque el lector queda inmerso en unos
acontecimientos que afectan directamente a la sensibilidad de quien los lee
desde la ficción.
Quizá el sentido último de esta novela
sea preguntarse qué lleva a la condición humana a originar una guerra. Podrían
darse muchas respuestas, pero no es el momento de hacerlo. Prefiero quedarme
con una reflexión en la voz de un mando ruso dirigiéndose a una de las
protagonistas alemanas: «Mis hombres y yo no dejamos de preguntarnos por qué
vinieron a por nosotros teniendo lo que tenían».
CITAS:
—No es posible que un alemán se
considere superior a otro por la raza. Y si esto es así, entonces Alemania ha
dejado de ser un estado de derecho.
—Mamá nos enseñó que el arrepentimiento
y solicitar perdón son actos igual de voluntarios que el daño que puedas haber
ocasionado, pero tanto el arrepentimiento como el perdón poseen la mágica
capacidad de sanar el alma herida.
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