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CARTAS DE LA PRINCESA PALATINA

AUTORA: Liselotte von der Pfalz

EDITORIAL: Caparrós

PUBLICACIÓN: 27/10/2003


Isabel Carlota del Palatinado, en alemán Elisabeth Charlotte von der Pfalz, nació en Heidelberg, Alemania, el 27 de mayo de 1652 y murió en Saint-Cloud, Francia, el 8 de diciembre de 1722.

Fue princesa del Palatinado por nacimiento, hija de un conde palatino, y duquesa de Orleans al contraer matrimonio con Felipe de Francia, duque de Orleans y hermano del rey Luis XIV de Francia.

Desde la infancia fue más conocida como Liselotte. Convertida ya en duquesa también se la conocía como Madame porque Felipe, su marido, era conocido en la corte como Monsieur. Tal vez, de no ser por estas cartas, Madame, no hubiera pasado a la posteridad.

Su vida en la corte francesa dio para muchas cartas siendo estas el medio habitual para comunicarse. Se calcula que Liselotte escribió alrededor de sesenta mil cartas, de las que se conservan entre cinco y seis mil. Estas fueron escritas a sus amigos, familiares en Alemania, damas de confianza, etc. Se trata de una gran cifra, pero si tenemos en cuenta que permaneció en la corte desde su matrimonio, en 1671, hasta la muerte del rey Luis XIV, en 1715, cuarenta y cuatro años dan para mucho.

El gran valor de estas cartas radica en que no fueron escritas para publicarse. La espontaneidad y la visión de Madame de la corte de Versalles es sobre todo curiosa y una fuente histórica de primera mano sobre la vida cotidiana y política en la corte francesa.

Este pequeño libro, en edición bilingüe, que me costó encontrar, contiene solo doce cartas, una de ellas escrita a Luis XIV. Las once restantes, en su mayoría, están escritas a su tía Sofía de Hannóver y fueron enviadas desde Versalles, Fontainebleau, Saint-Cloud y por último desde París, cuando se instaló allí tras la muerte del rey.

Es un número de cartas muy limitado, pero en estas escribe sobre su llegada a la corte; de su matrimonio con Felipe de Orleans y la relación que había entre ellos; habla de su rivalidad con las dos amantes conocidas del rey, Mme. de Maintenon y Mme. de Montespan; de cómo se queja ante el rey por el trato que se le daba en la corte; por citar algunas.

Os dejo el retrato que hizo de ella el duque de Saint-Simon y que se cita en el libro:

«Madame tenía en todo más del hombre que de la mujer. Era fuerte, valiente, alemana a la extremidad, franca, recta, buena y bondadosa, noble y grande en todas sus maneras y mezquina a la extremidad con todo lo que atañía a lo que le era debido. Era agreste, siempre encerrada escribiendo salvo en los breves momentos de corte en sus aposentos; el resto del tiempo sola con sus damas; dura, ruda, proclive a la aversión y temible por las ocurrencias -sobre cualquiera- que tenía a veces; ninguna facilidad, ninguna muestra de ingenio, aunque ingenio no le faltara; ninguna flexibilidad; un celo extremo, como hemos dicho, sobre todo lo que se le debía; la apariencia y la villanía de un suizo; capaz con todo ello de un amistad tierna e inviolable».

En definitiva, estas doce cartas saben a poco, pero no dejan al lector indiferente. Este pequeño libro me ha permitido esbozar a la mujer que había detrás del título: una extranjera en Versalles que nunca terminó de sentirse parte de la corte, una observadora crítica y honesta que encontró en la escritura su refugio. Su ironía y dureza, pero también su lealtad y afecto me han dejado con el deseo de seguir leyéndola.

 

CITAS:

Mis verdaderos sentimientos, pues, sobre este particular son que deseo creer en otro mundo y vivir de acuerdo con esta creencia, aunque ignoro lo que es y no pueda comprenderla.

El rey se imagina que es devoto porque ya no se acuesta con ninguna mujer joven y todo su temor de Dios consiste en estar taciturno, en tener espías en todas partes, en proponer engaños a todo el mundo, en adular a los favoritos de su hermano y de manera general en torturar a todo el mundo.

Beata vos que cagáis cuando queréis, cagad, pues, de todo corazón. Nosotros no podemos hacerlo aquí, donde tengo que guardarme el zurullo hasta la noche; no hay facilidades en los apartamentos del lado del bosque.




ROJO Y NEGRO

 AUTOR: Stendhal

EDITORIAL: Orbis

PUBLICACIÓN: 2 de enero de 1985


Rojo y Negro se publicó en 1830 con un título que ha sido objeto de numerosas interpretaciones. La más aceptada es que el Rojo representa el sueño frustrado de Julien de seguir los pasos de Napoleón, mientras que el Negro simboliza la iglesia, una vía más realista en la que también se ve atrapado. 

Otra interpretación del Rojo puede referirse al amor y el Negro, a la muerte. Mi impresión me lleva a poner el Rojo en la ambición y el orgullo de Julien en prosperar, y el Negro en una sombra que siempre le acompaña y le impide olvidar de donde procede.

La novela está ambientada en la época de la Restauración francesa, después de la abdicación de Napoleón. Con una prosa estimulante que incita a seguir leyendo, Stendhal narra el ascenso social de Julien Sorel, un joven ambicioso, inteligente, orgulloso, y con una excelente memoria que le vale para ejercer como preceptor de los hijos del señor de Rênal, alcalde de Verrières.

Así empieza la historia de un chico que no procede de la miseria, pero que vive en ella. Su padre y hermanos lo desprecian porque no ven con buenos ojos su intención de aprender. Ellos valoran la fuerza física y la rudeza y Julien representa lo contrario: lee y piensa demasiado. Por eso se convierte en el hijo fallido y queda privado no solo del afecto y del reconocimiento sino también en el aspecto económico.

Lo interesante y bello de esta novela es apreciar cómo evoluciona Julien en su interior. Cuáles son los motivos, circunstancias y acciones que se van desarrollando en él a partir de todo lo que ocurre a su alrededor.

Hay que partir de la base de que Julien es un muchacho que todo lo ha aprendido en los libros, y cuando toca enfrentarse al mundo no le queda otra que valerse de sus conocimientos. Él se rige por lo que sabe, pero en la práctica, en la sociedad que se mueve, con las personas que trata, surge la fricción entre el saber teórico y la vida real. Dicho de otra manera: Julien no aprende viviendo; primero aprende leyendo y luego ensaya en la vida. Toda la teoría que conoce la empieza a experimentar. Sus aciertos muestran su inteligencia; sus errores revelan hasta qué punto la realidad es más compleja que todo lo aprendido.

La vida de Julien transcurre en tres etapas:

La primera, tiene lugar en Verrières como tutor de los hijos del alcalde. El cambio de estatus que le proporciona este trabajo es para él todo un descubrimiento. Le sorprende el lujo que inunda la casa del alcalde; la esposa de este, una mujer bien vestida y desprendiendo aromas que nunca ha percibido, se le antoja como una visión. Esta salida al mundo produce en Julien unas expectativas que sabrá administrar, pero tendrán un precio.

Los libros no le han preparado para recibir a una sociedad que está por encima de sus posibilidades; que sus condiciones son inferiores y la posibilidad de un ascenso a este nivel está descartada. Sin embargo, el reconocimiento de ser un joven brillante por parte del alcalde y bien parecido por su esposa, serán dos armas que Julien utilizará para llevar a cabo sus progresos.

La segunda tiene lugar en Besançon, donde está ubicado el seminario. Julien está contento con sus avances, pero dos causas le llevan a ingresar en la carrera eclesiástica: una social, más fuerte e indispensable por carecer de fortuna. Ya no tiene a Napoleón para aspirar a la vida militar y solo le queda la iglesia. La otra es romántica, aunque pasa más desapercibida, no por ser menos importante sino porque la situación lo requiere.

El mundo del seminario se le presenta más crudo y siente que el mundo se le viene encima. El edificio lúgubre que tiene ante sus ojos le produce más miedo que otra cosa. Aquí encuentra una realidad que no había contemplado: el mérito no basta, ser inteligente le puede perjudicar, y  no siempre conviene mostrarte tal como eres.  

Gracias a una buena suerte, del seminario se traslada a París donde trabajará para el marqués de La Mole. Este entorno no difiere mucho de su estancia en Verrières: es un poco más aristocrático y coincide también en que Julien es reconocido por el marqués y de nuevo se ve involucrado en asuntos amorosos. Su comportamiento hace pensar que se está transformando, pero en realidad se trata de una adaptación que lleva a cabo para ser considerado digno de estar en el círculo social en que se encuentra. Es más, se da cuenta de que ese mundo, aunque le repugna, también le atrae.

Para no ser una novela romántica tiene bastantes tintes. A lo largo de la novela, Julien, vive dos historias de amor: en Verrières con la señora de Rênal y en París con Matilde. La primera es la esposa del alcalde y la segunda la hija del marqués de La Mole. Esto es lo que parece por cómo se desarrollan las dos historias, pero observando la forma de amar de Julien advertí que no se enamora de forma convencional; no hay que olvidar que su afirmación personal es igual o más importante que el hecho de amar.

El final es ambiguo y me ha planteado esta reflexión: ¿hasta qué punto somos dueños de nuestro destino o prisioneros de nuestra propia naturaleza? El orgullo que impulsa a Julien a ascender es el mismo que lo conduce a su final, pero con significado distinto.

 

Dos CURIOSIDADES:

La novela está inspirada en un caso real ocurrido en Francia, en 1827. El protagonista histórico fue Antoine Berthet, hijo de un artesano, brillante intelectualmente, educado en un seminario y preceptor en casa de una familia acomodada. Tuvo un romance con la señora de la casa y cuando la relación terminó disparó contra ella en la iglesia durante la misa. La víctima no murió, pero el acto se consideró tan macabro que el juicio del seminarista se hizo mediático. Este fue condenado y guillotinado en 1828.

El apellido del protagonista, Sorel, es el inverso de la palabra Eros. En francés se escribe l’Eros, que traducido sería el amor físico. Julián se comporta de acuerdo a la palabra invertida: en su vida amorosa el amor y la afirmación personal van unidos.

 

CITAS:

Después de tanta coacción y tanta política hábil, al verse solo, lejos de las miradas de los hombres y, por instinto, sin temor de la señora de Rênal, se entregaba al placer de existir, tan fuerte a esa edad, en medio de las montañas más hermosas del mundo.

La idea de un deber que cumplir o, más bien, del sentimiento de inferioridad que le proporcionaría el no conseguirlo, anularon inmediatamente todo el placer de su corazón.

Lo más corriente en el siglo XIX suele ser que, cuando algún noble poderoso tropieza con un hombre de valía, lo mata, lo exilia, lo mete en la cárcel o bien lo humilla de tal forma que el otro comete la tontería de morir de dolor.




A la busca del tiempo perdido II. DEL LADO DE GUERMANTES

AUTOR: Marcel Proust

PUBLICACIÓN: 16/01/2015

EDITORIAL: Valdemar


Del lado de Guermantes, del que solo conozco el nombre del camino hasta llegar a este punto de la obra, y tan plasmado por el Narrador en Combray, quedó anclado en su infancia el día que Mme. de Guermantes apareció ante sus ojos en una boda aristocrática en Combray.

Entonces, estando en Combray, el Narrador escribía así:

«De los dos caminos que salían de Combray y que se diferenciaban tan completamente uno del otro, el de Swann y el de Guermantes, no podía ir por los dos el mismo día».

Guermantes, al otro lado del río Vivone, es un nombre en la imaginación del Narrador que asocia a la belleza y al misterio. Ha escuchado que la duquesa pasa veranos allí y la convierte en el alma de un lugar al que no puede llegar, pero alimenta su imaginación. De lo inaccesible nace el deseo, y el camino de Guermantes nunca recorrido quedará grabado en su memoria.

Este volumen recoge la transición de lo imaginario a la realidad. El nombre de Guermantes es algo más que un camino y un nombre, es el que representa a la alta sociedad parisina. No es casual este encuentro que propone Proust sino la consecuencia de su búsqueda interior, el deseo de alcanzar aquello que en la infancia solo existía en el sueño.

Así entra de lleno en la alta sociedad, en la que irá descubriendo que no todo es elegancia en los salones; detrás de estas fachadas se refleja ese afán por mantener las apariencias y lo frágiles que estas pueden ser.

A través de estos personajes tan aristocráticos, Proust desnuda sus fachadas y revela sus carencias. El Narrador hace una inmersión en un mundo que en el fondo tampoco le interesa demasiado, pero le sirve para compararlo con su riqueza interior. Y no es que Proust necesite descubrir algo, no, sino que hace uso de esta sociedad, aún sin saberlo, para recuperar ese tiempo que tanto le obsesiona. Cada uno de ellos viene a reflejar una parte de sí mismo.

En el salón de Mme. de Villeparisis, tía de Saint-Loup y pariente de Mme. de Guermantes, Proust convierte ese salón en el escenario donde se revela el declive de una sociedad que subsiste gracias a las formas sociales, y que le permitirá acceder al mundo de los Guermantes.

Hacer referencia al caso Dreyfus que tanto dio que hablar en su momento para reflejar cómo la sociedad francesa estaba dividida y ciega moralmente; a su mejor amigo, Saint-Loup, juzgado en el salón por su relación sentimental; M. de Charlus insinuando sus deseos sexuales al Narrador son unas cuantas de las variadas distracciones que tienen lugar en dichos salones.

La referencia a la homosexualidad empieza a ser más evidente en este volumen de la obra. Aunque era un tema tabú para la época, Proust lo aborda de manera sutil con Charlus. Convierte a este personaje en el centro de atención para retratar la homosexualidad que la sociedad obliga a ocultar y muestra sus propias luchas internas y conflictos emocionales.

Entre tanto ocurre la muerte de la abuela, que la presiente y la va anticipando de una forma muy poética y estremecedora. Estaba yo tan a la expectativa de saber qué sentiría el Narrador con su muerte que me alarmé al comprobar que no exterioriza ningún sentimiento. En apariencia todo sigue igual, lo que me hizo pensar que vive el duelo de la abuela en su interior. Y es tal vez ese silencio, ese no hablar de ella, esa ausencia, lo que en realidad le causa el dolor.

Y sí, hay un cambio en él y un punto de inflexión en la obra. A partir de aquí comienza su decepción con los Guermantes y la vida en general. Se puede comparar con lo que consideramos «entrar en la madurez», etapa en la que se pierde la ingenuidad, el mundo defrauda y, como consecuencia, viene la decepción. Pero el Narrador no ve negatividad en esa decepción, profundiza más, porque comprende que madurar no es perder la esperanza sino ver dónde hay que depositarla.

Es en la recta final de la obra donde los Guermantes y el resto de sus habituales cobran mayor protagonismo. Aquí, el Narrador utiliza la ironía de quien ha comprendido el mecanismo de ese mundo de la alta sociedad que antes lo había fascinado.

Esto ocurre cuando descubre que la brillantez es puro artificio; el ingenio sustituye a la inteligencia hasta el punto de que las jerarquías sociales están expuestas a descender un peldaño por carecer de este. Así, quienes parecían extraordinarios resultan ordinarios.

El mundo que el Narrador había soñado termina revelándose como un gran teatro social; y solo cuando esa ilusión que tanto había imaginado se desvanece, comienza el camino hacia la verdadera revelación: comprender que la vida solo adquiere sentido cuando puede ser transformada en memoria y en obra.

 

 CITAS:

—A medida que nos acercamos al nombre, el encanto se disipa. Lo que antes evocaba el misterio de los bosques, los reflejos del río y las antiguas leyendas, se reduce al rostro de una mujer que pasa ante nosotros por la calle.

—Pero como el viajero que, defraudado por el primer aspecto de una ciudad, se dice que quizá penetre su encanto visitando los museos, trabando conocimiento con el pueblo, …, yo me decía que, si hubiese sido recibido en casa de Mme. de Guermantes, si fuera uno de sus amigos, si penetrase en su existencia, conocería lo que, bajo su envoltura anaranjada y brillante, encerraría su nombre realmente, …

—Sentimos en un mundo, pensamos, nombramos en otro, podemos establecer entre ambos una concordancia, pero no colmar su intervalo.

—Cada uno es el hombre de su propia idea; hay muchas menos ideas que hombres, y por eso todos los hombres que tienen una misma idea se parecen. Como una idea no tiene nada de material, los hombres que sólo están materialmente alrededor del hombre de una idea no la modifican lo más mínimo.

—Después de todo, en una sociedad igualitaria la cortesía no sería un milagro más sensacional que el éxito de los ferrocarriles y la utilización militar del aeroplano. Además, aun cuando la cortesía desapareciese, nada prueba que sería una desgracia. En última instancia, una sociedad ¿no se iría jerarquizando en secreto a medida que fuese, de hecho, más democrática?

—Su espíritu, de una formación tan anterior al mío, era para mí el equivalente de lo que me habían ofrecido los pasos de las muchachas a orillas del mar.

—Solo que la duquesa era incapaz de comprender lo que yo había buscado en ella, el hechizo del nombre de Guermantes, y lo poco que había encontrado: un residuo provinciano de Guermantes.